Zoe y el chico de los ojos castaños – Nubes de kétchup por Annabel Pitcher

Saboreé el momento y luego recorrí rápido el camino, esquivando las grietas de entre las losas de piedra.

—¿Qué, cruzando por las piedras un río caudaloso? ¿O saltando vallas en las Olimpiadas? —Había

un chico al que no reconocí sentado en un banco del jardín delantero, mirándome directamente. Ojos castaños. Pelo rubio revuelto que parecía que no se lo había peinado nunca. Suficientemente alto. Delgado. Brazos musculosos cruzados sobre el pecho—. ¿Qué te estabas imaginando? —gritó por encima de la música, señalando a las grietas.

Yo me encogí de hombros.

—Nada. Es que soy supersticiosa. Meter el pie entre las losas trae mala suerte, ¿no?

El chico apartó la mirada.

—Qué decepción.

—¿Qué decepción?

—Creí que estabas jugando a algo.

—Puedo jugar a algo si quieres que juegue a algo —le respondí. Me sorprendió mi propia voz.

Segura de sí misma. Insinuante incluso. Un sonido completamente nuevo. El chico volvió a mirarme, ahora con interés.

—Muy bien… Aquí va una pregunta. Si las grietas fueran algo peligroso, ¿qué serían?

Lo pensé un instante mientras tres chicas entraban a trompicones en la fiesta, riéndose al ver mi atuendo.

—Trampas para ratones —respondí tratando de ignorarlas.

—¿Trampas para ratones? ¿Puedes elegir cualquier fantasía del mundo entero, y escoges trampas para ratones?

—Sí, bueno…

—Ni cocodrilos ni profundos agujeros negros con serpientes al fondo. Pequeñas trampas para ratones con su trocito de cheddar enganchado en la parte que salta.

Me acerqué un paso más, y luego otro, disfrutándolo.

—¿Quién ha hablado de pequeñas trampas para ratones? —Señalé las grietas con la punta del zapato

—. Puede que sean trampas enormes con queso envenenado y unos pinchos que me podrían dejar los dedos de los pies hechos trizas.

—¿Te los han dejado?

Dudé. Luego sonreí.

—No. Son pequeñas trampas para ratones con su trocito de cheddar enganchado en la parte que salta.

Por encima de nuestras cabezas, algo voló hasta un árbol y ululó.

—¡Un búho! —exclamé.

El chico sacudió la cabeza.

—Ya estás otra vez…

—Ya estoy ¿qué?

Con un suspiro, se puso de pie. Tenía los hombros tan anchos que parecía capaz de cargar todo el peso del mundo o por lo menos de llevarme a mí a cuestas. Llevaba unos vaqueros de un azul desgastado y una camiseta negra que le quedaba floja por todas las partes por donde no debería. Se había esforzado todavía menos que yo. De golpe fue como si mis zapatos planos se elevaran diez centímetros por encima del suelo.

—¿Ves el pájaro? —me preguntó apoyándose la mano en las cejas y escrutando entre las hojas.

—Pues no, pero…

—Entonces ¿cómo sabes que es un búho? Podría ser un fantasma.

—No es un fantasma.

El chico dio unos pasos hacia mí y el aire se me atascó en la garganta.

—Y ¿tú cómo lo sabes? Podría ser un espíritu que…

—Sé que es un búho por la forma de ulular —le interrumpí. El pájaro volvió a hacerlo, como para darme la razón. Levanté un dedo—. ¿Has oído eso? Esa es la llamada del mochuelo. La llamada de apareamiento, de hecho.

El chico levantó una ceja. Había logrado sorprenderle.

—La llamada de apareamiento, ¿eh? —Los ojos le centellearon y yo me sentí triunfante—. Cuéntame más de ese apasionado mochuelo.

—Bueno, es una de las especies más comunes de Gran Bretaña. Y tiene plumas. Eso está claro. Pero las tiene bonitas, como jaspeadas, de color marrón y blanco. Tiene la cabeza grande, las patas largas, los ojos amarillos —continué, metiéndome cada vez más en mi tema—, y vuela en una línea ondulada, como rebotando, casi igual que el pájaro carpintero, y…

El chico se echó a reír. Entonces yo me eché a reír. Y el mochuelo ululó como si se fuera a echar a reír él también.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó el chico, y estaba a punto de responderle cuando la verja crujió y se oyó un repiqueteo de tacones en el camino.

—¡Joder, si has venido de verdad! —chilló Lauren—. ¡Vamos a buscar algo de beber! —Y antes de que yo pudiera protestar me agarró la mano y tiró de mí hacia la casa, tropezándose en una grieta del suelo.

—Cuidado con los cocodrilos —dije. Por el rabillo del ojo vi al chico sonreír. Lauren se detuvo, con cara de no entender.

—¿Qué? —preguntó.

—Es igual —murmuré, y entonces sonreí yo también.

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Acerca de Andy Doxel

Soy un artista, un escritor incauto, modelo frustrado y libre (en el sentido figurado). He escrito poemas y cuentos, acompañados de dibujos e ilustraciones que entre ilusiones y tristezas han nacido de rayos de luz en forma de letras y pintura. Hablo lo que siento y lo que pienso. Me dedico a escribir y lo haré hasta el día que en mi lecho de muerte no logre escurrir más la tinta de mi pluma. Nací un 25 de febrero de 1993 en el país de la eterna primavera, en la tierra de la “blanca paz” en medio del azul del cielo y lo azul del mar, en la ciudad de Guatemala, por lo que llevo ¼ de vida queriendo conquistar el mundo. Como comprenderá, estoy queriendo de ser yo mismo en un mundo que está constantemente tratando de hacerte alguien diferente. Por lo que es un logro si lo consigo.
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