Permitidme soñar una noche más – Todas las hadas del reino por Laura Gallego

Sucedió que, hace mucho tiempo, tal vez cien años, o quizá doscientos, los reyes de un gran país tuvieron una hija, a la que llamaron Isadora. Las hadas le concedieron sus dones cuando nació, como suele ser habitual. Pero una de ellas, la séptima, se reservó su gracia para más adelante.

—Cuando tengas quince años —le dijo al bebé, que dormía plácidamente en su cuna—, volveré para otorgarte el don que más desees. Y así fue. La princesa Isadora creció hasta convertirse en una hermosa jovencita. Y llegó el momento de buscarle pareja. Pero ella tenía miedo de no hacer la elección adecuada; de modo que, cuando el hada apareció, el día de su decimoquinto cumpleaños, Isadora le suplicó que le concediera el don de poder soñar con el muchacho perfecto, aquel que la colmaría de amor y felicidad para siempre.

—¿Estás segura? —dijo el hada—. Es un poder peligroso.

Pero Isadora insistió, y su petición fue atendida.

Al día siguiente, la princesa despertó con una sonrisa y un brillo ilusionado en los ojos.

—Padre, madre —anunció—, he visto en sueños a mi futuro marido. No recuerdo todos los detalles, pero sí sé que era un poco más alto que yo.

Los reyes organizaron, pues, un fastuoso baile, al que fueron invitados todos los nobles y príncipes casaderos que superaran en altura a la princesa Isadora. Ella bailó con todos, pero al final de la velada aún no se había decidido por ninguno.

—No estoy segura —manifestó—. Permitidme soñar una noche más.  Y eso hizo. Durmió profundamente y volvió a ver en sueños a su amado; y, cuando despertó, declaró que el hombre con quien iba a casarse tenía el pelo de color castaño.

Se organizó un nuevo baile, al que fueron invitados todos los nobles y príncipes casaderos que superaran en altura a la princesa Isadora y tuviesen el pelo de color castaño. El anuncio descartaba, por tanto, a los jóvenes de cabello negro, y también a los rubios y a los pelirrojos. Y los reyes juzgaron que iban por buen camino.

La princesa bailó con todos los invitados, pero no reconoció entre ellos a su amor verdadero.

—Debo soñar un poco más —declaró.

Al día siguiente, la princesa contó a sus padres que el hombre de sus sueños tenía la nariz fina y aguileña.  Y de nuevo se convocó a todos los nobles y príncipes casaderos del reino, pero en esta ocasión debían superar en altura a la princesa Isadora, tener el pelo de color castaño y lucir una perfecta nariz fina y aguileña.

La princesa bailó con todos ellos, pero tampoco eligió a ninguno en esta ocasión.

Día a día, los reyes fueron añadiendo rasgos físicos al retrato del futuro marido de Isadora. Así, a la pista sobre su altura, al cabello castaño y a la nariz fina y aguileña se sumaron los hombros anchos, las manos firmes, las cejas arqueadas, los labios delgados, las orejas redondas, el hoyuelo en la barbilla, los ojos negros…

Todas las noches se celebraba un nuevo baile en palacio; los reyes habían situado en la puerta del castillo a dos chambelanes que contaban siempre con la descripción actualizada del joven al que Isadora buscaba, y solo permitían el paso a aquellos aspirantes que se ajustasen a ella. Se corrió la voz, y pronto empezaron a llegar nuevos candidatos de reinos lejanos. Se amplió también la convocatoria a jóvenes plebeyos, puesto que, hasta donde los reyes sabían, Isadora no había soñado todavía que su amor verdadero tuviese que ser necesariamente un príncipe.

A pesar de todo, y a medida que la lista de características exigidas se ampliaba, el número de jóvenes a los que se les franqueaba el paso era cada día menor. Todos, sin embargo, se parecían notable e inquietantemente entre ellos.  Pero esto no bastó para conformar a la princesa. Por fin, cuando bajó una noche al salón, se encontró con que allí ya solo la aguardaban tres pretendientes, tan semejantes como gotas de agua, que parecían directamente salidos de los sueños de Isadora.

—Escoge a uno de los tres —le dijo el rey—. Todos son como el muchacho con el que sueñas todas las noches. Seguro que la persona que buscas se encuentra entre ellos.

Isadora bailó con los tres y, al finalizar, declaró que aún no se había decidido.

—Solo necesito una noche más —le suplicó al rey.

Y la noche le fue concedida.

—Mi amor verdadero tiene un antojo de nacimiento en el hombro izquierdo—anunció durante el desayuno.

De modo que aquella noche bajó al salón, convencida de que los chambelanes habrían descartado a dos de los aspirantes y franqueado el paso al tercero de ellos. Descendió casi corriendo por la escalera, deseosa de encontrarse por fin cara a cara con su amor verdadero.  Pero cuando llegó al salón, descubrió que allí no había nadie, salvo ella.  Mandó llamar a los chambelanes, que acudieron a su presencia muy apurados.

—¿Dónde están los pretendientes? —exigió saber ella—. ¿Por qué no hay nadie en el gran salón?

—Dispensadnos, alteza —respondió uno de ellos—, pero no ha sido posible encontrar a ningún joven que se ajuste exactamente a vuestra descripción.

—No es posible —exclamó Isadora—. ¿Qué ha sido de los tres pretendientes de ayer?

—Ninguno de ellos tenía un antojo de nacimiento en el hombro izquierdo, alteza.

Ella no dijo nada.

—¿Les decimos que entren? —preguntó el segundo chambelán.

—No —respondió Isadora—. Esperaré. De modo que se sentó en la escalera y aguardó allí hasta que se hizo de día. Pero su amor verdadero no llegó.  Así que la princesa se levantó, regresó a su alcoba y durmió hasta el anochecer. Y de nuevo se engalanó y bajó al gran salón.

Pero no había nadie, así que volvió a sentarse en la escalera y esperó hasta el amanecer.

Así día tras día tras día tras día. Mientras Isadora aguardaba todas las noches al amor de su vida y soñaba con él desde el alba hasta el ocaso, la descripción del joven soñado circulaba por todos los reinos. Durante las primeras jornadas aún se presentaron algunos nuevos candidatos en el castillo; pero ninguno de ellos superó la prueba de los chambelanes.  Y, mientras tanto, Isadora esperaba en el salón, sola. Con el tiempo, dejaron de llegar pretendientes. Todos asumieron, sencillamente, que la persona requerida no existía.  Todos, menos Isadora.

Una noche, el rey y la reina se sentaron junto a ella en la escalera.

—Hija —empezó el rey—, debes poner fin a esto. Hemos buscado a tu amado por todos los reinos, hemos revuelto cielo, tierra y mar, y no hemos hallado a nadie que sea exactamente como describes.  —Yo creo —añadió la reina con suavidad—, que la persona que estás  buscando no va a venir.  Isadora los miró fijamente.

—Tenéis razón —les dijo—. Mi amor verdadero no está aquí.

—¿Accederás entonces a elegir a otro? —inquirió el rey.  Pero ella negó con la cabeza.

—No. Voy a reunirme con él en el lugar donde lo conocí.

Dicho esto, subió a su alcoba, se tendió en su lecho, cerró los ojos y se durmió. Y nunca más despertó. Y cuentan que allí sigue todavía, soñando, viviendo eternamente en el mundo onírico donde habita su amor verdadero, el reino al que ambos pertenecen… por siempre jamás.

Solo intento decirte que mantengas abierto tu corazón. No vale la pena obsesionarse con un amor ideal, pero tampoco debes descartar por completo la posibilidad de que puedas enamorarte en un futuro de alguien de carne y hueso.

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Acerca de Andy Doxel

Soy un artista, un escritor incauto, modelo frustrado y libre (en el sentido figurado). He escrito poemas y cuentos, acompañados de dibujos e ilustraciones que entre ilusiones y tristezas han nacido de rayos de luz en forma de letras y pintura. Hablo lo que siento y lo que pienso. Me dedico a escribir y lo haré hasta el día que en mi lecho de muerte no logre escurrir más la tinta de mi pluma. Nací un 25 de febrero de 1993 en el país de la eterna primavera, en la tierra de la “blanca paz” en medio del azul del cielo y lo azul del mar, en la ciudad de Guatemala, por lo que llevo ¼ de vida queriendo conquistar el mundo. Como comprenderá, estoy queriendo de ser yo mismo en un mundo que está constantemente tratando de hacerte alguien diferente. Por lo que es un logro si lo consigo.
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